Por fin. Las melosas fiestas decembrinas han terminado, y con ellas se van los regalos obligados (los dados y los recibidos), los abrazos no deseados y las sonrisas hipócritas que son menester año con año.
Por otro lado inician los eternos propósitos: bajar de peso, hacer ejercicio, conseguir trabajo, cambiar de novi@ o ya casarse, decirle al jefe lo que realmente pensamos de él, hacer las pases, ahorrar, cambiar de coche o adquirir uno, seguido todo esto de un largo etcétera.
Siguiendo el mood ecológico, he decidio reciclar (una vez más) mi eterno propósito, que más bien se ha convertido en una especie de fobia a vencer: escribir de forma constante en este espacio.
Quizá mis tres lectores piensen en este momento "sí sí, ya lo dijiste el año pasado y el anterior y el anterior a ese, propón algo innovador", pero les puedo asegurar a esa triada de fieles creyentes (si no lo fueran no estarían leyendo esto), que esta vez sí va en serio.
¿Por qué esta vez sí? Porque no tengo nada más que hacer. Sí, por primera vez en por lo menos un lustro, estoy desempleado. No hay mejor forma de entender una crisis que vivirla en carne propia.
Es así que mis trabajos de tiempo completo serán buscar trabajo y escribir en este blog. También si me da tiempo, terminaré la universidad y me titularé justo en el ombligo de este año (o sea a la mitad. no más abajo ni más arriba). Lo que ocurra en el trayecto, lo conocerán a través de esta bitácora.
Comenzamos.
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