He cumplido años 23 veces en mi vida. Recuerdo algunos de mis cumpleaños y muchos otros los he olvidado, de hecho, ahora que lo pienso los he olvidado todos excepto los últimos 3 ó 4.
Supongo que mi escaza memoria se debe a que los cumpleaños no me gustan, y no me gustan porque aún no he encontrado una forma de celebrarlos que sea compatible conmigo.
No me gustan los pasteles, y un cumpleaños sin pastel es como un partido de soccer sin goles: lo disfrutas al principio, pues está la expectativa de que “llegue el invitado” (como dice el can Bermúdez), pero al final, siempre te queda una sensación de vacío y decepción.
Mi afrenta con los pasteles comenzó con una mala experiencia producida por uno de estos mazacotes tipificado como “de mil hojas”, combinado con media bolsa jumbo de papas Sabritas. La fórmula fue explosiva y la explosión se dio en mi estómago. El resultado inevitable fue el funcionamiento inverso de mi aparato digestivo.
Esto sucedió cuando recién mi vida transitaba por su primer lustro, desde entonces no como pasteles.
Quienes me conocen, nunca me preguntan dónde va a ser el pastelito, y mucho menos se atreven a regalarme uno en mi cumpleaños, pues entienden que sería como si a un vegetariano le organizan una parrillada para su cumpleaños.
Sin pastel no hay velas y sin éstas no hay mañanitas. Cualquier onomástico que carezca de estos elementos no puede ser catalogado como fiesta, por lo menos no como fiesta de cumpleaños, así es que en mis áridas reuniones no puedo pedir deseos, pues el conjuro sólo puede realizarse con velas que apagar sobre un pastel.
Si el pastel endulza la fiesta, entonces, por silogismo, soy un amargeitor, un Grinch Pastelero que fue traumado por un pastel molotov y que, si pudiera pedir un deseo, éste sería que los pasteles fueran sustituidos por pizzas (plural mexicano, pues en italiano serían pizze).
Ahora entiendo por qué mis cumpleaños son tan poco concurridos, pues a nadie le gusta ver un partido de soccer que terminará en empate a ceros.
