
La historia de México se puede resumir fácilmente: éramos una raza pura, con la conquista dejamos de serlo y con la independencia nos regresó la castidad racial. Así de fácil. El presidente –constitucional y/o el legítimo- da su alarido y miles de mexicanos y mexicanas chiquillos y no tanto, le hacen eco, recordando a héroes cuyas biografías nos hicieron repetir de memoria en la primaria pero que en la actualidad ni siquiera podemos distinguir si pertenecieron a la Independencia o a la Revolución.
En el Zócalo donde unas semanas antes se encendían veladoras como símbolo de esperanza y protesta en contra de las inseguras tienieblas en las que vivimos, ahora llueven huevos rellenos de confeti y hieden las gargantas aguardientosas o garnachosas, celebrando el ser mexicano, que dicho sea de paso, es un concepto que nunca llegó a cuajar.
No quiero dar una cátedra de historia de México, que por cierto es bastante dilatada y matizada, sólo deseo señalar que la independencia que muchos mexicanos celebran (me excluyo porque soy mexicano pero no la celebro), ni siquiera la hicieron los indígenas subyugados del México Bárbaro de aquellas épocas, sino los gachupines discriminados por no ser de aquí ni ser de allá, o sea el equivalente de lo que hoy son los chicanos (quienes quizá lideren la independencia de Texas y anexos para que, en unos años, también nos adjudiquemos ese triunfo y gritemos ¡Viva Robert Rodríguez!).
In-de-pen-den-cia. Según Wikipedia es “la situación de un país que no está sometido a la autoridad de otro”. No abundaré en el tema, pero creo que queda claro que en esta época, donde todo está interconectado, desde las computadoras hasta la economía (para México léase remesas y petróleo), no podemos hablar de un país independiente.
¿Soberano? Dicho concepto pomposo, se refiere al “ejercicio del poder que reside en el pueblo y que se ejerce a través de los poderes públicos de acuerdo con su propia voluntad y sin la influencia de elementos extraños”. O sea que la muchedumbre, los ciudadanos comunes y corrientes –quizá los corrientes no tanto-, son los jefes de sus empleados asignados en alguno de los tres poderes y no me refiero al padre, el hijo ni el espíritu santo, sino al ejecutivo, legislativo y judicial.
Antes me tranquilizaba vivir en un país puberto –o en vías de desarrollo- porque pasábamos desapercibidos para todo, lo mismo para las inversiones que para los actos terrosistas, lamentablemente ya no. Lo sucedido en Morelia no tiene perdón ni justificación. El gobierno debe de actuar para resolver las causas de estos actos antisociales y no sólo atrapar chivos expiatorios para apaciguar momentáneamente las consecuencias.
Qué Viva México, eso es lo que quiero, no que muera lentamente como hasta la fecha ha ido sucediendo.
